Dicen que los europeos, españoles incluidos, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Si así ha sido afirmo en nuestro descargo que lo hemos hecho inconscientemente, en una palabra, que hemos sido posibles y gozado a demás de la posibilidad sin tener conciencia de ello, o lo que es lo mismo, siendo del todo imposibles y sintiéndonos huérfanos de toda posibilidad.
Supongo que este haber sido sin haberlo sentido es el que nos mueve a callar y aceptar tan injusta acusación no con resignación sino con la indiferencia propia de quien no se da por aludido, sino que oye la sentencia y la siente ajena a su realidad, algo que se dice de un manirroto.
Llegados a este punto no cabe sino admitir que el estado del bienestar es pura ficción, mero espejismo, nítida sensación de vivir, elemental realidad virtual en la que hemos invertido hasta aquello de lo que aún no disponíamos. Despilfarro por el que ahora se nos exigen e imponen graves recortes en la esperanza de que podamos retomarnos en la exacta medida de lo posible y reconocernos en la siempre utópica posibilidad. El envite se antoja necesario, es lo lógico, urge redimensionarnos y para ello debemos renunciar a lo tridimensional para contemplarnos planos en el titánico esfuerzo de volver a esos tiempos del estado del malestar, en los que éramos aún capaces de ser críticos y rebeldes con nosotros y con la realidad hasta el extremo de llegar a imaginar cambiarla.

