lunes, 22 de agosto de 2011

ALEGATO DE DOMINGO


“No sabiendo los oficios los haremos con respecto”, afirma el Poeta, sutiliza de la que debería gozar J. Mourinho, el entrenador que jamás jugó. Hacerlo en la estrategia no admite comparación con hacerlo en el campo, nada tiene que ver el saber que nos da el estudio con el conocer que nace de la práctica. El general que no ha sido soldado sabe de la guerra y la batalla pero no del combate. En ese saber anda Mourinho, en el de la astucia, la pericia, la mera apariencia, en lo que sabe del fútbol, otra cosa no hizo, de ahí que no sea capaz de entender este deporte pese a que lo sepa todo de él. Y es que lo que le falta a su razón de entrenador es ese corazón capaz de interpretar el sentido épico que lo rodea, esa aureola heroica que no marchita la derrota sino la indignidad de no saberla aceptar. El siempre distinguido alegato de haberte vaciado en el esfuerzo, de haberlo puesto todo en el empeño. El ser, en definitiva, que inflama la nobleza de competir a la nada a que conduce la ruindad de la renuncia.

Aprender de la derrota es esencial, pero eso Mourinho no lo sabe, él sólo sabe ganar porque en su cabeza la victoria se plantea como un problema de algebra, al margen de las variables a que aboca la disputa, donde además de fortaleza y destreza suma el azar.

El Real Madrid necesita un entrenador que conozca y sepa de fútbol para que desde ese ser completo les devuelva el orgullo en la derrota y la humildad en la victoria.

viernes, 19 de agosto de 2011

DE PASTORES Y REBAÑOS


En las entrañas del hombre se acantona profundo y milenario un mineral de diamantina dureza, se le conoce como: incertidumbre, necesidad de trascender, angustia existencial al fin. Ese es el inagotable recurso que gestionan las iglesias sobre la falacia de estar en posesión de esa divinidad capaz de darle forma a través de la fe.

No pudiendo pues vivir sin dios me gustaría que fuese sin dominio, ni sede, libre y en medida y a la medida de cada uno de nosotros y de nuestras fragilidades. Pero nos resultan más creíbles esos dioses capaces de constituirse en multinacionales de la fe.

No me gustan los pastores, ni los rebaños, ni los dioses, ni que tenga utilidad económica tan ingenua necesidad, pero sobre qué se funda toda industria, y ésta lo es, sino sobre las debilidades y apetencias del hombre.

La iglesia católica es a día de hoy un club privado, censurable en sus dislates morales y plausible en sus aciertos sociales. Cabe, por tanto, preguntarse a qué intereses obedece el furibundo ataque a que está siendo sometida. Cómo cabe desconfiar que tras él se esconden otros pastores reclamando sus ovejas, sin que conozcamos el talante de su dios ni la calaña de su fe. O quizá sí sepamos de ellos y de su utilería espiritual. Sí, quizás sean esos mismos que habiendo sido llamados para gobernar nuestras cotidianas necesidades han cedido a la tentación de asaltar el baluarte de esa última fortaleza a la que llamamos conciencia.

José Romero P.Seguín.

jueves, 14 de julio de 2011

EL GUARDIÁN EN LA CLOACA

EL GUARDIÁN EN LA CLOACA

El Estado se ha de organizar necesariamente en torno a la legalidad, no en vano es esa la hebra de justicia que lo ha de ir tejiendo en la ardua tarea de hacerlo legítimo y desde esa condición capaz de dar una respuesta sana y eficaz a los desafíos a que se ha de enfrentar en la gobernanza de hombres y pueblos. Cuando así lo hace se le denomina Estado de Derecho, y es y así se le reconoce como aquel que con mayor exactitud se aproxima al proyecto ideal dentro de los distintos modelos de organización social que hemos sido capaces de imaginar y poner en práctica. De ahí que la rigurosa observancia de la ley deba ser la más sagrada de sus normas y el más esencial de sus cuidados.

El Estado es un espacio de responsabilidad colectivo en el que confluye un caudal de voluntades dispares en su singularidad, pero coincidentes en la necesidad de arbitrar normas conjuntas de participación capaces de asegurarnos una coexistencia pacífica. No es ni ha de ser, por tanto, una estructura opaca sino transparente, tampoco cerrada sino abierta. Y es que nada ha de esconder en la medida en que todo cuanto lo conforma y cuando de él emana nace de esa disposición plural a la que antes aludía y es o debiera ser por ello de todos conocida.

Sé que tal afirmación revela la silueta de un estado ideal que no se parece en nada al que finalmente rige nuestras vidas. Un Estado que pese a ser calificado de derecho, se aparta con excesiva frecuencia de los postulados de éste para deslizarse en la ilegalidad quebrando sus propias reglas so pretexto de proteger a los miembros de la comunidad a que sirve.

La perversa prevención a que hago alusión se ha ido constituyendo en una parte legal de éste, es decir, que la ilegalidad se ha convertido en una legalidad más contraviniendo de ese modo lo más sagrado de su espíritu, al romper la ligazón jurídica que lo legitima hasta el extremo de habilitarlo en el uso legal de la fuerza.

A la sombra del caso Faisán, supuesto delación de agentes de la policía a miembros del aparato de extorsión de ETA, volvemos a toparnos con las mal llamadas cloacas del Estado, esas zonas de sombra en las que la transgresión de la ley se han tornado en ley a fin de dar respuesta a una necesidad que algunos tildan de legítima pero que no lo es, porque no hay posibilidad de que lo sea ninguna decisión que no haya sido tomada por la vías democráticas dispuestas para ello y menos aún cuando tales actuaciones desbordan principios y derechos que están y han de estar por encima de la voluntad, la apetencia u oportunidad de quienes tienen esa responsabilidad, sean éstos cargos electos, funcionarios o ciudadanos.

No cabe pues hablar, con la perversa intención de justificar esa actuación, del contexto de negociación con la banda criminal en el que se produjo, ni tampoco frivolizar en torno al hermoso gallináceo ni ninguna otra ave ya sea rapaz o carroñera, canora o prensora, pese a que a todas recuerda este tremendo dislate que iguala a policías y delincuentes. Y lo que es aún más grave, que rompe la armonía legal del Estado concediéndole ese mismo estatus a quienes no son sino un grupo de criminales.

Si se ha de negociar con ETA ha de hacerse desde el respeto a la ley, disposición en la que no caben atajos ni enjuagues, tampoco oscuros manejos, porque esa misma ley que con ellos se vulnera se sigue aplicando en el mismo espacio y tiempo a otros ciudadanos con todo el rigor que dispone el ordenamiento jurídico.

Los gobiernos, a través de las instituciones parlamentarias, son lo que han de ir arbitrando los cauces legales mediante los cuales se han resolver aquellos conflictos que se vayan produciendo, pero siempre desde la más absoluta de las transparencias, de modo que nos permita a todos visualizarnos en ese ámbito de responsabilidad. El nefasto paternalismo de gestores e instituciones no obedecen sino a una perversión intolerable mediante la cual los ciudadanos damos por buenas prácticas mafiosas por parte de tan alta institución.

En materias de tan vital importancia se hace necesario conocer y participar para que nuestra condición de ciudadanos plenos en derechos y obligaciones no se vea mermada ni despreciada, de tal suerte que terminemos siendo rehenes de nuestra propia salvaguardia. La tentación, no obstante, es la de dejarse ir para desde esa indolente disposición sentirnos al margen de aquello que nos concierne nos guste o no. Y es que nosotros no somos esos niños despreocupados que juegan en mitad de un campo circundado de peligrosos precipicios, ni el Estado el protagonista de “El Guardián entre el Centeno”, de J.D. Salinger, encargado de salvarlos. Sino que unos y otros somos vigías de una misma responsabilidad la de proteger al otro como si fuese uno mismo.

El Estado somos todos, sin embargo la ley ha de ser, al menos mientras no se cambie, una y sólo una, para que sea igual para todos y en esa igualdad legítima.


martes, 14 de junio de 2011

BILDU DEUDA Y DEUDORES


Bildu, la nueva y legal cara de la vieja e ilegal Batasuna ha conseguido un importante éxito electoral, circunstancia que ha merecido infinidad de análisis y valoraciones que dejarían perplejo hasta al más desvergonzado si lo hubiese, entiéndaseme, creo que en este trágico asunto se ha ido más allá de tan liviano calificativo. Y es que hemos tenido que asistir, entre otros, al bochornoso espectáculo de ver como aquellos que clamaban por su legalización se muestran ahora preocupados por su proceder, negándose a entregar datos sobre sus vidas y haciendas allí donde ellos gobiernan. Cautela difícil de explicar porque si el acto de legalizarlos se les antojaba exquisita la trayectoria democrática de sus integrantes e intolerable el que fuesen apartados de la vida política, cómo es posible que teman ahora que puedan hacer un uso delictivo de esa información.

Sobre esta indignidad se podrían narrar innumerables anécdotas de ese mismo calibre, pero no es esa la cuestión a dilucidar, sino profundizar en una interpretación más con la que intentar entender y explicar el auge de tan discutible organización lejos de sus correligionarios.

Comenzaré por un hecho que se nos escapa o que buscamos hacer escapar de nuestra realidad política, seguramente por indigno e intolerable, y es el de negarnos a reconocer abiertamente que la sociedad vasca no es una sociedad libre en cuanto que sus derechos y libertades se hallan tutelados, sería más adecuado decir, tuteados por el terror. Concretamente en este momento los tienen embargados por la tregua permanente que la organización ETA ha tenido a bien declarar en beneficio de su estrategia política. Condenando a todos esos ciudadanos que no piensan como ellos a tener que expresarse en tan precaria situación. Y es que su recuerdo pasado y presente se halla firmemente anclado al pavor que la banda ha ido inoculando en sus vidas, no es por ello descabellado deducir que su proceder sigue los dictados de ese estado criminal que les ha gobernando sino de derecho sí de hecho.

Un estado de carácter mafioso capaz de asesinarlos, coaccionarlos y extorsiónalos a ellos y a sus representantes y sentarse luego a negociar con el gobierno que representa a ese Estado que desde la legitimidad democrática que ostenta tiene la inexcusable e ineludible obligación de defenderlos. Ante esa anómala situación que se corona con la legalización del que era señalado como su brazo político qué valentía cabe que no sea esconderse y apoyarlos por comprobar por enésima vez si así se les conforma.

En un segundo plano nos encontramos con lo que yo llamo la deuda con ETA, me refiero a la que contrajeron importantes sectores de esa sociedad con ella cuando en su indolencia la alentaron y animaron.

Aún hoy suenan en las cabezas de muchos militantes de ETA los gritos de: “ETA más metralletas” y “ETA mátalos”. Cómo no van a sonar, como suenan las de algún que otro lehendakari llamándoles “soldados vascos”. Voces y palabras que no son ecos de su demente ensoñación autoritaria, sino que fueron gritadas, escritas y pronunciadas. Circunstancia que si no los legítima si les sirve en su perversa concepción de los derechos y libertades para exigirles pleitesía.

No obstante, cabe reflexionar sobre el innegable hecho de que si las razones que los movían a apoyarlos eran tan sólidas por qué no salieron con ellos a la calle a reivindicarlas, es más, a exigirlas con el rigor y compromiso que demanda su consecución. Por qué dejaron esa grave responsabilidad en sus manos, esa, digo, que les obligaba tanto para estar con ellos como para decirles valientes que no iban a permitirles que se adueñasen de sus voluntades. En fin, que no hicieron lo que debían en un asunto tan trágico y terrible y eso los sume en un marasmo de culpabilidad y miedo del que no aciertan a salir sino es por la vía de seguir alimentándolos en la vana esperanza de que sea el cansancio de la espera quien les degaste hasta el extremo de hacerles desistir de su proyecto totalitario.

Cabría preguntarse si en el caso de que ETA se hubiese disuelto tendrían los mismos resultados. Y si aún teniéndolos soportarían los miembros de esta organización política un descalabro electoral como consecuencia de una mala gestión o el lógico desgaste en las tareas de gobierno. Es más, si de verdad serían capaces de prescindir de ETA para confrontar en igualdad de condiciones con los demás partidos políticos. Pero esa es una ingenuidad a la que me niego mientras ETA siga ordenando el paisaje social y político de esta sociedad. Y es que al margen de deudos y deudores existe una mayoría ajena a esa infame cobardía y también a ese abyecto compromiso. Hombres y mujeres a los que en atención a su sufrimiento y valentía les debemos más allá de nuestra capacidad de pago tanto en lo económico como en lo afectivo. Un grupo social que no merece el insulto de buscar justificar está ignominiosa veleidad política de premiar a sus verdugos en aras de una nueva memoria, la del olvido. La de olvidar en la absurda idea de hacer posible una democracia a la que al menos en la apariencia de la acción política sólo parece ofender y devaluar el trato dispensado al fallecido dictador durante la transición y el maltrato sufrido por las víctimas de aquella guerra fratricida y la posterior represión del régimen. Justa reivindicación de dignidad, justicia y memoria que no parece compatible con el hecho de comprobar cómo en ese mismo sentido ético puede ésta crecer y fortalecerse buscando integrar en su seno el terror de ETA. Aunque ello suponga humillar a sus víctimas, orillándolas e incluso criminalizándolas. Olvidando que en el caso de éstas la responsabilidad de defenderlas y honrarlas recae directamente sobre ella y su conciencia y no sobre la de ningún tiranillo de tres al cuarto.

Ante la gravedad de lo sucedido no cabe sino concluir afirmando, que anormal resulta todo en estas horas de normalidad democrática.