Cuando Zapatero reclamaba volver al corazón de Europa, la izquierda aplaudía, afirmando que ese viejo corazón gastado de diplomáticas maldades era más seguro, generoso y estudiado que el del malvado yanqui: grosero, guerrero, intervencionista, imperialista, capitalista y analfabeto. Odiado corazón junto al que latía en ese tiempo el de un no menos odiado José María Aznar.
Sin embargo ahora que el presidente, de la mano de Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy, léase Alemania y Francia, da un paso hacia ese corazón la izquierda se moviliza, clamando contra esa deriva que se le antoja ventricular derecha e ilegítima, pese a que reclame algo tan sensato y lleno de juicio como es el fijar un techo de endeudamiento mediante mandato constitucional.
Quizá haya quien aún no se ha enterado, ahora que se ha enterado el presidente, que estamos quebrados, que la fiesta ha terminado, que ya no hay fondos de cohesión ni estructurales. Que el desbarajuste administrativo nos ha llevado a la ruina por la vía de hacer cada uno y en cada momento lo que le venía en gana y resultaba más rentable para mantenerse en el poder.
Algunos en su desafuero han llegado a tachar de golpista a este presiente que fue un día la prima dona de la paz, el muñidor de la alianza entre civilizaciones, el mirlo blanco de la tolerancia, el hombre, en definitiva, que más ha hecho por ocultarnos el mal trago de la crisis. Ver para creer, lo veo y no lo creo, si bien es cierto que desde el principio desconfié de que lo que más nos atraía de él no era el serio compromiso de profundizar en reformas de izquierdas que fuesen más allá de la manida cosmética ideológica que caracteriza a las socialdemocracias, sino ese cínico relativismo, ese selectivo eclecticismo y esa elegancia suya en la piadosa mentira a la hora de escamotearnos la realidad delante de nuestra propias narices a fin de que no soportase merma su prestigio ni sufriese nuestra exquisita sensibilidad social y de derecho.
Paradójicamente ahora que el bueno de José Luis se le ocurre que tal vez sea mejor para el País decir la verdad y actuar con la contundencia necesaria, se le antoja a estas buenas gentes que no merece la pena, que da pena, que debería llamarse José María, apellidarse Aznar y militar en el PP, para así poder criticarlo e insultarlo sin mala conciencia. Y llegado el caso, reclamar para él, su partido y partidarios, un cordón sanitario que les ahuyente de las instituciones y les conduzca al ostracismo.
Resulta igualmente esperpéntico oírles plañir por la falta de soberanía que entraña tal decisión, cuando no hace mucho el ser soberano del Estado se le antojaba tan franquista y anacrónico como la idea de España, frente a los según ellos modernos modos del nacionalismo más radical, sin importarles que sea en algunas de sus expresiones tradicionalista, oportunista y hasta racista. Y es que es acaso más progresista el hacer del nacionalismo en su constante acción de desgaste de la solidaridad y soberanía nacional que la decisión Francesa y Alemana de poner fin a esta locura de privilegios, fueros y desafueros presupuestarios a cuenta del erario público.
No es acaso legítimo que aquel que auxilia establezca algunas reglas en el juego. Entiendo que sí, es más, creo que si queremos ser europeos y que Europa sea una realidad en lo político además de en lo económico deben darse estos pasos.
Desconozco en nombre de qué derecho gritamos una razón que no es sino sinrazón, y lo sabemos, porque esa es a día de hoy nuestra realidad política, y es que por aquello de no saber digerir nuestro pasado, ni gestionar nuestro presente nos hemos convertido en un auténtico monstruo imposible de articular. El elefantiásico aparato administrativo que no asfixia así lo atestigua.
Si alguna objeción hago a Zapatero en esta última fase de su mandato, es en el hecho de no haber sido coherente ni con su acción de gobierno, ni con su perfil en las formas, ideológico si se quiere, y sé que son muchos los que quieren. Yo sostengo que no lo tiene, porque si lo tuviera se habría negado a tomar las medias que adopto y las que está adoptando. Sin embargo, lo ha hecho, por la sencilla razón de que ha entendido o le han hecho entender que eran más necesarias que sus principios. Entiendo que tal vez lo sean, porque de no ser así no cabe sino pensar que no habría dudado ni un segundo en reclamar las urnas para comprobar quienes estaban con él y quienes contra él en la odisea de oponerse a mercados y corazones por más europeos que sean.
No veo tampoco en la medida un afán acaparador de la clase política, sino todo lo contrario, un señalarse en la debilidad, como lo hacen los ludópatas a fin de que no les permitan el acceso a casinos y salas de juego, en su caso electorales y de gobierno. En una palabra, que no observo peligro en poner coto al desmán del despilfarro, pues no es criminal el ahorro sino el dispendio que nos empobrece.
Avergüenza, eso sí, observar como algo que entra dentro del más estricto sentido común y que debiera, por tanto, estar inscrito en la genética de toda política y de cada gobernante, haya de ser apuntado como si de un intrascendente recado se tratase.
Puedo estar de acuerdo con que nos llamen a referéndum, entendiendo que pese al coste económico en lo democrático siempre resulta rentable, en la medida en que nos implica a todos en la toma de decisiones, pero juro que lo habría agradecido más cuando nos endeudamos más allá de lo posible.
Ganado el juicio perdida la confianza, ese parece ser el signo de los gobernantes de esta nuestra España, nación de naciones, estado social y democrático de derecho a antojo de quienes parece tener más voluntad que coherencia.