Dios expulsa al hombre del paraíso y le advierte: “Ganarás el pan con el sudor tu frente”. La exclusión como la condena supusieron la más alta dignidad que nos fue concedida, porque ganar el pan supone ganar también la libertad. Dejar de ser mamíferos estabulados en el paraíso para pasar a tomar posesión de la faz de la tierra.
Ganarlo nos dignifica, con esfuerzo, aun más. Pero, en qué ha devenido finalmente esa maldición con que se nos bendijo, en una constante ida y venida entre la adopción y la expulsión de tan elemental derecho. Decretado, por cierto, por la lógica del universo a través de la boca de un dios que no estaba lúcido, y menos aún en la naturaleza de todo y el pensar de todos. Sino cómo no ver que la maldición iba a ser conseguir acceder a él.
El trabajo es responsabilidad individual y social no negocio. Compromiso del que no se nos puede expulsar, excepto que antes se nos haya expulsado de la vida, de la libertad, de la dignidad: ¿es eso?, ¡verdad!
La verdadera expulsión se ha consumado a través de la perversión de comercializar con la primera y última de nuestras responsabilidades: ganar el pan. Lo ha sido siempre, siempre propensa al mercadeo, a la injuriosa explotación, a la infamia, tanto que, paradojas de nuestra condición, nos hemos roto las manos y las bocas por hacerlo dentro del respeto a lo humano y ahora que íbamos camino de conseguirlo, ¡qué pena!, lo que falta es humanidad y trabajo.








