lunes, 10 de agosto de 2009

ARQUEOLOGÍA PARA MALDITOS


Es deber de los terroristas vascos y quienes los alientan alejarse de la tentación de quebrar, en el nombre de sus mitos y leyendas, la vida de otros hombres, para enfrascarse en el noble esfuerzo de cavar hasta más allá de las entrañas de la tierra, en busca de esa fabulosa piragua que, parece ser, encallaron un día en las costas cantábricas ampliando la superficie terrestre de la península Ibérica y sur de Francia en la exacta proporción sobre la que ahora reclaman derecho de propiedad.

Deberían, claro que sí, enfrentar los jóvenes cachorros del nacionalismo ese noble quehacer sin más dilación y poniendo en ello el mismo empeño que ponen en asesinar y mermar cuando no la convivencia y la solidaridad, lo que es aún peor, la vida y la libertad de los demás ciudadanos de España. Y una vez cumplida esa ardua tarea, si no hallan tan portentosa embarcación, reconocer que han vivido engañados y en nombre de esa mentira causado infinito terror y desolación en el corazón de un pueblo inocente de esa mendaz culpa con la que se justifican.

Ahora bien, si resultase fructuosa su búsqueda debería entonces desenterrarla, asearla y calafatearla en la sana y noble idea de regresar a esas lejanas e idílicas tierras de donde un día partieron. Para conocer cuál fue el verdadero motivo que los movió a abandonarlas y venir a arribar en las costas peninsulares.

El desentrañar las causas de su marcha no es para nada insustancial, sino que vendría a resolver sus dudas existenciales respecto a sus orígenes patrios, tradiciones y esa enfermiza inclinación a sentirse expoliados, pues si abandonaron sus tierras por su propia voluntad y en la búsqueda de otras más ricas y acogedoras que mejor que mostrare agradecidos con las que ahora disfrutan y deseosos de compartirlas con los demás hombres. Y sí lo hicieron forzados por alguna suerte de violencia que mejor que regresar y volcar toda esa ira, que ahora descargan sobre seres inocentes de su remota suerte, en vengarse de quienes de verdad les arrebataron sus tierras y violaron su sagrada identidad.

Se revela indispensable para iniciarse en tan higiénica empresa, comenzar por reconocer que en el supuesto de que hubiesen acometido la ingente tarea de trasladar a golpe de remos tierras y enseres desde allí donde partieron, con su llegada se les privó a los pueblos de Burgos, La Rioja y Navarra de su natural salida al mar, es decir que si alguien expolió fueron ellos, sin que nadie se lo reproche ni aún menos les agreda. Y que si por el contrario no viajó con ellos sino prole y memoria, pensar que han sido sobre estas tierras los primeros inmigrantes, y que si esa condición no les niega ningún derecho entendiendo que todo cuanto construyeron lo hicieron con esfuerzo y tesón, nada se les debería negar a quienes más tarde allí se desplazaron buscando ganar el pan de cada día. Y, qué decir, en el caso haber sido desde siempre sobre la faz de estas tierras, que no les lleve a concluir que no tienen sobre ella más derecho que aquel que asiste a todos los demás habitantes de la península y territorio francés. Derecho que por la misma razón no les es ajeno respeto a los demás territorios y que si algo les niega no es el de propiedad sino el de exclusividad.

Quizá esgriman el argumento del hecho de descubrir atribuyéndole sin sonrojo el derecho de posesión, si así lo hacen con que pétreo rostro se atreven entonces a tildar a otros de imperialistas. Descubrir no define sino supina ignorancia y no aporta sino conocimiento.

Esta fabulación, no menos descabellada que muchas de las que ellos proponen sin sonrojo para animar a sus hijos en una empresa criminal en extremo, no busca sino alentarlos a reflexionar sobre la verdadera consistencia de sus desvelos raciales y los dudosos privilegios que ellos les confieren. Y para que dejen de indagar en la sangre de esos inocentes a los que les quitan la vida porque no habita en ella ni una brizna de eso que proclaman les ha sido arrebatado. Y si no les mueve, como así es, otro afán que el de deshacerse de los pobres, que lo digan abiertamente para que sepan los que han muerto, los que van morir y sus familiares, y hasta quienes los asesinan que al perverso acto se suma para mayor horror y vergüenza la mezquina intención del mismo.

Sirva este ejercicio, según medida, para todos aquellos que a lo largo y ancho de la Península reclaman integración a través de la disgregación territorial y política de España en el beneficio de la infame taifa. Porque nada aporta al hombre romper los puentes construidos, nada que no sea sumirse en ese eterno retorno que profetizó Nietzsche, y que nos ha de llevar a tiempos de supremo egoísmo, insolidaridad sin límites, despiadadas disputas y sangrientas guerras. Ese parece ser hoy por hoy nuestro verdadero origen y postrera identidad.

José Alfonso Romero P.Seguín

domingo, 21 de junio de 2009

EN EL NOMBRE DE LA INOCENCIA (La Rebeldía de Paqui Hernández)

EN EL NOMBRE DE LA INOCENCIA
(La Rebeldía de Paqui Hernández)
En la cadena de terror de la factoría ETA se sigue produciendo la misma maldita industria de crimen y extorsión de siempre. En su diseño y ejecución se siguen utilizando las viejas consignas, los mismos argumentos, la misma lírica bucólica y extraviada para una juventud pervertida por la peor arista de una sociedad que la ha abandonado en las manos de una caterva de maquiavelos desilustrados que, incapaces de afrontar los retos que ésta le demanda, no han cesado de engañarla con las viejas monedas de la cultura, la lengua, la raza, en una palabra, la patria, siempre falsamente idílica y siempre gloriosamente ensanchada al antojo de su voluntad fratricida.
Eso sigue siendo ETA, la anacrónica industria de terror que ha sido siempre y siempre al servicio de los viejos ideales de un racista al que no le quedó más remedio que remendar en lo ideológico con las entonces pujantes recetas del Marxismo. Pero al final de la cadena, allí donde se concreta el macabro producto de su criminal labor, algo ha cambiado, las víctimas lejos de ser silentes bultos en la noche de su tragedia han decidido levantar la voz y exigir no sólo: dignidad, libertad y justicia, sino que han acertado a pronunciar con orgullo sus nombres y el de sus deudos, para que nadie los pueda olvidar, para que todos sepamos que en ellos también nos asesinaron a nosotros.
Las víctimas ya no son las de antes, ellas han evolucionado, en el seno de una sociedad aún no plenamente comprometida, para poner rostro al crimen, para denunciar lo que en él se nos roba no sólo a ellos y a sus maridos, hijos o padres, sino a todos y cada uno de nosotros.
El talante y talento de las víctimas han evidenciado a los ojos de todos que ETA además de trasnochada y criminal, no es sino la maldita caja registradora con la que se nos cobra por algo que supuestamente todos hemos hecho algún día. Paqui Hernández lo ha denunciado. Su rebeldía encarna a día de hoy la esperanza en la medida en que se niega a ser el opaco producto de una vieja maldición, para ser el nuevo y transparente corazón de quien no tiene nada que esconder y nada esconde. De quien no admite ser la viuda de un hombre al que, al igual que antes a otros muchos, alguien ha tratado de culpabilizar hasta el extremo de hacerlo merecedor de tan execrable crimen. Un hombre de cuya inocencia ella conoce mejor que nadie.
Para ella, sus hijos y familia, mi afecto y consideración.
Un fraternal abrazo.
José Alfonso Romero P. Seguín

jueves, 21 de mayo de 2009

TEOLOGÍA DE LA RENDICIÓN

Dejad que respiren los que os asfixian con la seda de su violencia. Sofocad en vuestros ánimos la rebeldía de combatirlos. Haced de la entrega virtud, la de siempre, muerto a muerto o de dos en dos, como siempre. Mostraros mansos frente a su intolerancia e intolerantes frente a vuestra dignidad que os exige en su defensa beligerantes. Dejad que os vivan, sueñen y gobiernen en beneficio de su criminal voluntad. Mermar sin cuidado vuestro libre albedrío en aras de que guarde entereza su torcida libertad. Sed de prestado ante ellos y frente a ellos, porque de los prestados será ese reino que ellos imaginan sin vosotros. No os martiricéis con la memoria de las víctimas sino por alcanzar el olvido a que conduce el rescate de los criminales. Sed nadie por no semejarse ellos en la defensa de la legalidad. Y sobre todo y ante todo tened siempre presente que lo que hacéis por ellos, ellos no la harían por vosotros.
Ese parece ser el mandato y también la sentencia.
José Alfonso Romero P.Seguín

miércoles, 20 de mayo de 2009

LA PIEZA DE LA MINISTRA AÍDO

Sostiene la ministra de igualdad que a las trece semanas de gestación el feto es: “Un ser vivo pero no un ser humano.” Inhumano razonamiento el suyo, o será acaso el de una política devenida en ministra con más de trece semanas de gestación en el cargo.

De tal afirmación se deduce que antes de ser humanos fuimos sólo derecho, el derecho a decidir de nuestras madres, hermoso derecho, casi tanto como lo es el de la maternidad. Y buscando no ser injusto cuando no hipócrita afirmo que si todos los derechos nacen para ser vulnerados, por qué no este, y si por el contrario nacen de la vulneración, por qué no de ésta.

Aído será recordada en nuestra mitología de rebajas como la amalgamadora del yin y el yang para un fin, eso sí, sin ánimo de lucro: la igualdad. Ante sus palabras y hechos no podemos pues asirnos al socorrido, “me dejó de una pieza”, pues de eso se trata. Y de ello se colige que la igualdad ha de ser necesariamente una pieza sin género ni número que no adquiere condición humana hasta después de la decimotercera semana de ser concebida. O quizá no, quizá cuando seamos una sola pieza, nuestra prole será humana desde el mismo momento de la concepción: seguro que sí, porque entonces iguales todos en derechos tendremos también por derechos las obligaciones.

Hay cuestiones que por su índole no soportan ser manoseadas ni aún palabreadas, el aborto es una de ellas. Materia en la que los derechos se confunden hasta más allá de lo que alcanza el derecho común para buscar asiento en la conciencia del individuo, de donde no deben salir sino es para arbitrar las medidas tendentes a mitigar el brutal sufrimiento que tal decisión comporta.

José Alfonso Romero P. Seguín

miércoles, 13 de mayo de 2009

LA CASA DEL TRILE

El trilero se sitúa ceremonioso frente a la mesa. En torno a él el ritual, a caballo entre el barroco decorado y los ávidos rostros de los ganchos, se antoja ciertamente decadente. Su engolada voz suena a milonga. Buscando embaucar, sus manos mueven ágiles los cubiletes, y no tarda en hacer acto de presencia en el aire de la cámara la sombra de la omnipresente pero eficaz dádiva. En el vertiginoso girar de los vasos la bola de la mentira desaparece bajo uno de ellos. Todos la ven y todos se aprestan a buscar fingir ante sus correligionarios que pueden seguirla, que son lo suficientemente listos para hacerlo.

El trilero les exhorta a que hagan sus apuestas, y uno a uno van eligiendo, de las manos de su grandilocuentes discursos, el vaso donde según ellos se halla la bola, para descubrir, lo que ya saben, que no se trata sino un miserable juego donde la única verdad es la certeza de la gran mentira que todas y cada una de sus bolas encierran.

Al caer la tarde el trilero ha conseguido hacer desaparecer a la vista de todos y en el corto callejero de un discurso jalonado por un puñado de promesas a cuatro millones de parados: de eso se trataba.

Lejos de la gran casa de apuestas, allí donde la mesa se prolonga, la discusión se mantiene en ese insultante ensueño para el olvido, y es que la cuestión es que gire la bola, que siga girando, y la bola gira, y de nuevo gana el trilero y sigue el juego, como en la calle el drama de los que día tras día van engrosando las listas del paro, ellos son hoy la bola de la triste verdad que rueda desaparecida bajo los blancos cubiletes de esta casta de trileros.

José Alfonso Romero P.Seguín

lunes, 30 de marzo de 2009

UN MINUTO CON OBAMA



(PLAGIO PARA UN DESCONSUELO)

Bruselas, sede de la OTAN, salita de los desplantes, un minuto después de haber entrado salen los dos mandatarios españoles: extraviado el más viejo en su estoica sonrisa, visiblemente nervioso el más joven, a juzgar por lo azaroso de sus gestos y su hablar atropellado. Arrebatados ambos por la emoción del fugaz encuentro. Al fondo se desdibuja la atlética silueta de un hombre de color.
Pasillo adelante se oye al más joven interpelar vehemente al más viejo:
-¡Moratinos, Moratinos!, ¿sabías que mi amigo Obama es negro?

El más viejo lo mira confuso, no obstante, la ingenuidad de la pregunta le hace recelar, teme que esconda alguna maldad que le predisponga a perder su favor, no en vano media entre ellos, siempre arbitraria, la jerarquía, en ese temor responde calculador.
-¡Pues claro que sí, José Luis, claro que lo sé!
-“Pos” yo no. -Contesta el otro colgado de su sonrisa de oreja a oreja.
Se maldice el viejo para sus adentros, sabiéndose derrotado. Quiso mostrarse más que perplejo, como era lo lógico, natural, como le dictaba la oportunidad, y lo fue hasta que advirtió que su jefe ni en eso había reparado.
La diplomacia española se romper el alma buscando para el presidente un minuto con Obma, demostrando que no repugna el imperio sino el emperador, de ahí mi desconsuelo.
De ahí también el plagiar es magnífico espacio publicitario de una marca de vehículos, y que en este caso cerraría, remedando el broche de denominación de origen con que lo hacen los que promueve este gobierno: Moncloa, Clase C, Parvulario de España.
José Alfonso Romero P.Seguín.

martes, 24 de marzo de 2009

PATERNIDAD U OPERATIVIDAD

Los hijos gozaron siempre de unos padres indiscutibles en el ámbito de las naturales filias y fobias a que aboca irremediablemente el proceso educativo, y los padres conscientes de esa responsabilidad se atuvieron a ella. Hoy los padres hemos trasladado ese compromiso a elementos externos: ordenadores, teléfonos móviles, televisores, videojuegos… Prestigiando algunos de tal modo que hemos llegado intuir en ellos un instrumento capaz de reemplazarnos en determinados aspectos formativos. De ese modo los hijos se han visto entregados a un mundo digital y abigarrado que les impide desarrollarse en lo individual y en lo colectivo, especialmente en el acto de detectar y denunciar carencias esenciales: solidaridad, tolerancia, amistad, responsabilidad…Es más, su contumacia en lo digital les lleva a relegar a un segundo plano ese mundo más próximo a lo analógico en el que se mueven los sentimientos.
En esa confianza, pones un día atención a lo que dice tu hijo, no sobre sus artilugios sino sobre los trastos de la vida, y descubres con horror que su pensamiento anda extraviado, cuando mejor, en la noche de los tiempos. En una palabra, que es: machista, sexista, racista, xenófobo y puede que hasta fascista. Cuando tú lo creías solidario, respetuoso con los de otro sexo, tolerante y amante de la libertad. Es entonces cuando entiendes que debiste reparar antes en él y menos en su capital electrónico. Que la fe que pusiste en esas maquinas la debiste invertir en él, en la conciencia de que la tecnología no es educativa sino demostrativa, que ella no dispensa conocimiento, que sólo lo evidencia, que no exige reflexión ni contraste, que no es en definitiva sino una herramienta más en la labor del aprendizaje.
Es a los padres y no al ordenador a quienes les corresponde, en primer plano y con la colaboración de los profesores, ordenar el modelo educativo de sus hijos.
Hoy en día, padres e hijos, nos hallamos extraviados en un mundo en el que todo parece encontrarse a golpe de tecla. Nos preguntamos por ello: para qué entonces los libros, las enciclopedias, los diccionarios, para qué las bibliotecas, si todo está en la red, si a todo tienes acceso a través de ella. Olvidando que los anaqueles vacios son bocas que presagian ausencias terribles que se abren paso en nuestras casas denunciando profundas y gravísimas carencias. La falta de libros desliga al niño de la necesidad de leer, de la cálida sensación de acariciarlos, de sostenerlos entre las manos, de poder abrirlos y cerrarlos a nuestro antojo y dejando una marca allí donde pretendemos continuarlos.
Nuestros hijos están forjados de la misma materia que nosotros y la de aquellos que a nosotros precedieron, en su ánimo bullen las mismas grandezas y miserias. De ellas se nutre, por tanto, el apetito a que les aboca el instinto, y de no encontrar reflejo en nuestras acciones y palabras se verán empujados a la depredación más devastadora.
Educar a un hijo es una tarea dura y áspera en el fondo y en la forma, no en vano en él te ves reflejado en un esfuerzo del que sospechas que no siempre te mereció la pena. Dice el poeta J. Ángel Valente: “Fui inútilmente aderezado para una ceremonia a la que nunca iba a asistir”. En muchos casos es ciertamente así, pero si no lo fuese habríamos sido capaces de distinguir las vibraciones del alma, podríamos exacerbar los sentidos hasta el extremo de la emoción, o seríamos seres sin capacidad de sentir ni el espíritu ni el intelecto, seres básicos en lo más íntimo, capaces de relacionarse con las máquinas e incapaces de relacionarse con los demás seres humanos, con los que de verdad esperan de nosotros algo que vaya más allá de la mera utilidad.
La educación guarda en sí misma un secreto milenario, el de la disciplina, el de la ejercitación de las potencias que marcan nuestras singularidades y las hacen de verdad auténticas. Pues si no mediase entre nosotros un modelo educativo capaz de ir más allá de lo meramente natural o institucional, un método nacido de la viva experiencia de un hombre y una mujer concreta, no habría entre nosotros más diferencias que la mera fortaleza física y la sagacidad innata. Seríamos clones de dispar geografía anatómica. Seres incapaces de obrar conforme a unos principios elementales entorno a los que posteriormente se tejen y destejen los lazos de convivencia, al hacer de nosotros además de singulares dispares en el entendimiento de la vida y sus herramientas.
Nuestros hijos nos son maquinas ni esperan de nosotros más sofisticados instrumentos, ellos buscan en nosotros un tosco modelo sobre el que esculpir el suyo, la contumacia de un ejemplo sobre el que ejemplarizar ellos, el turbio presagio, en definitiva, de un contraste que les permita contemplarse y reconocerse más allá de las cosas con que los ignoramos y de las otras cosas con que nos apremia la vida.
José Romero P.Seguín.