Ayer mastiqué mientras cenaba un documental sobra la caza de Bin Laden. Finalmente no lo ajustició: ni Rambo, ni Seaguel, ni Norris... Nadie llamó al Equipo A. Nada tuvo que ver el Capitán América, tampoco Superman. Fue el Tío Sam.
Quien no pensaría viendo la naturalidad con que lo aceptó que no era sino mera ficción, puro entrenamiento. Sin embargo, no era “pictures” de la Paramout, ni “telefilm” de la Metro, sino serial oficial.
Tanto es así que oficiaba mister Obama, a través del brazo de la CIA y de la mano de uno de esos comandos para purgas silenciosas. Esos que todo americano sabe que están ahí para cuando les aflija algún desconsuelo exterior y culposo poder exclamar “os vais a cagar”. Teniendo la certeza de que va a ser así y no un brindis al sol. En una palabra, que aquel que por sus méritos o deméritos le toque se va a ver ciscado por esos hombres adiestradas en el mejor de los casos para lo peor.
En este caso le tocó a Bin Laden, esa oveja descarriada de la CIA que a la CIA regresa envuelto en celuloide. No era bueno, es cierto, pero semejaba humano. Aunque quizá ni eso, quizá era solo el croquis de un cruzada torcida, un trazo curvo, en definitiva, en la recta misión de enderezar el mundo. Porque de eso se trata, de expender orden aunque sea a fuerza de desordenar.
Lo asesinaron y luego enterraron según el rito de su creencia y a otra cosa. Mientras, yo solo he conseguido cenar triste, entristecer la cena.







