jueves, 1 de marzo de 2012

NEUTRINOS PRODIGIOSOS

La ciencia, también la conciencia, a menudo yerra. No hace muchos meses eminentes físicos anunciaron que los neutrinos eran más veloces que la luz.

En Valencia, un recién absuelto Camps se precipita a recobrar para sí el cargo de “neutrino” mayor del reino, obviando que dejó en la ruina la Comunidad. Por otro lado, los “neutrinos” de Compromís y PSOE buscan rentabilizar las movilizaciones estudiantiles, en el afán de ganar en las aulas lo que perdieron en las urnas. Tildando las movilizaciones de “Primavera Valenciana”, emulando a las Árabes; las comparaciones son odiosas, ésta es además infame. Luchar contra una dictadura no es equiparable con hacerlo por recortes en enseñanza por graves que sean. En ese mismo escenario los antidisturbios hacen buenos esos versos de Fito que dicen: “Con la policía, todo solucionado, para los problemas jarabe de palo”. Neutralizar elementos violentos, dicen, “neutrinizar” deberían haber dicho.

Hoy se ha sabido que fue un fallo técnico el responsable del error científico, restableciendo así el honor de estas leves partículas, abochornadas ante la inminencia de nuevas pruebas. La ciencia se ve que es certera en lo que a conciencia se refiere. No así esos “neutrinos” de la política que no dudan en aprovechar las malas conexiones y deficientes sincronizaciones que produce la pésima situación social y económica que atravesamos, para derrotar a la luz en la indolente tarea de deslumbrarnos.

José Romero P.Seguín.


martes, 14 de febrero de 2012

DEL AMOR Y LAS CARTAS



Las cartas de amor, las cartas de sueños, las cartas de amistad y también las de compromiso. Las cartas de la baraja de cartas de los sentidos y también las de los tratados de derecho, todas las cartas de esta vida a la carta, se han muerto de tristeza.

Los carteros arrastran hoy por el barrio con desgana de viento otoñal esos horribles carritos amarillos que han sustituido a sus entrañables e inconfundibles carteras de cuero. Carritos repletos de banalidades comerciales, y vanas cartas de directores de cualquier tinglado económico. Cartas, cortas hasta más allá del desafecto, como ese saludo de indiferencia que nos cruzamos de acera a acera, o extensas como un testamento, donde te cuentan que eres por una suerte de estúpidas mentiras, un elegido, en potencia, millonario. Cartas en sobres abiertos que nada temen, pues nada de valor guardan, sin intimidad, pues nada íntimo contienen, nada que no pueda ser más mentira que la mentira que realmente son. Cartas que son para uno, sólo porque alguien escribió tu nombre en el sobre. Cartas sin alas ni besos. Cartas que hieren los corazones y te dejan un profundo vacío en lo más hondo del alma.

Los buzones se llenan de telarañas extraviados en sombrías esquinas, parques vacios y frías avenidas. Los personajes de los sellos bostezan en el último cajón de los estancos, y los coleccionistas se mueren por uno de mariposas, con matasellos de un país exótico.

Las cartas, como los niños, se entretienen por el camino, y son además, melancólicas y soñadoras, y en ser han perdido la batalla y posiblemente también la guerra. Esperar es hoy un crimen, en medio de esta criminal prisa que asesina la vida, esa vida que es mucho más dulce y calma en la espera que en la vorágine de la inmediatez y la urgencia. Y es que es la paciencia quien finalmente templa el alma y equilibra los sentidos hasta la cumbre de ese horizonte donde afloran los sentimientos.

Con las cartas se pierde el olor de la tinta, el íntimo susurro de la pluma y su sentido a la hora de desgranar pasiones. Se pierde aquel jugar a escribir palabras por detrás de las palabras. Y se pierde también el tacto vivo de las manos que acarician el papel y lo doblan con mimo, las siluetas de carmín de los labios que buscan besar, los juego de fragancias amigas, las huellas de las lágrimas que la ausencia derrama, y todo ese universo de vestigios ciertos de existencia al otro lado del papel.

Hoy, colgados del móvil y el portátil todos somos carteros, todos carta, destino y destinatario de un decir que nos asombra más por lo versátil e innovador del sistema, que por aquello que realmente se dice.

Son los tiempos que son, y son los mejores, pues otros no hay, pero cabe preguntarse, ¿son acaso por ello buenos? Hemos ganado tiempo a un tiempo que nosotros mismos nos hemos impuesto y ello nos enorgullece. Quizá la meta de nuestra civilización sea exactamente esa, la de derrotarnos continuamente en nombre de un progreso que nos hace sentirnos grandes en la medida de nuestro propio ideal de grandeza. Quizás la medicina que más nos cura de esta enfermedad sin cura en que hemos convertido la vida, sea justamente esa, la de imaginar que avanzamos en medio de la marea de la vida y su ritmo de cósmicos acordes.

Cada día nos mostramos más sofisticados, es cierto, pero no mejores. Pero eso a quien le importa.

El gusano cruza la manzana devorando voraz la fresca pulpa que le da energía y con ella vida, cualquier camino es su camino, pero sólo tiene acceso a uno. Puede variar de dirección cuantas veces quiera sin que ello le salve de ese inexorable destino. Así nosotros, por más que nos empeñemos en tomar propiedad de todos y estar en todo.

Hoy estas ideas hay que escribirlas en cartas sin remite y mandarlas a todos los carteros del mundo, porque, los zares sobran, pero no los correos. Como tampoco sobra el romántico mensaje que mece su fortuna en la botella que navega a la deriva, o en el vuelo de esa paloma que surca el cielo, o en el domado cuero del saco de un afable cartero de barrio.

Quisiera que me escribieran cartas desde todos los pueblos del mundo, cartas en las que me contasen lo que no me cuentan las pantallas, ni saben pronunciar las antenas. Cartas que respiren, giman y suspiren. Cartas que sepan gritar lo que callan y callar lo que gritan. Cartas que se puedan oler. Cartas que al leerlas sienta pronunciar en ellas algo más que palabras. Cartas escritas a mano, la mano que moldea y da vida a la idea y razón de ser a los más íntimos de nuestros sentimientos.

Cartas en las que no nos pidamos nada, en las que no nos vendamos nada, ni tratemos de ser ingeniosos, ni brillantes, cartas en las que simplemente nos contemos esas esenciales ocurrencias que nos rondan por la cabeza a modo de metáfora. Que nos escribamos por el simple placer de escribirnos, de comunicarnos, de saber que existimos, y para que nuestro mundo sepa que al margen de la televisión y los ordenadores, al margen de las estadísticas y los sueños de progreso vivimos hombres y mujeres que tenemos cosas que decirnos, que podemos decir cosas, que tenemos derecho a recobrar el valor de las palabras y en ellas el lirismo innato de la vida.

Creo honestamente que quien como yo cuenta con el privilegio de que le permitan contar lo que piensa, debe, tiene el deber inexcusable de ponerse a disposición de esos potenciales lectores para leer lo que ellos tienen que decir, lo que ellos piensan de la vida y de las cosas de la vida. Y más, si con ello ponemos a salvo algo tan hermoso como las cartas.

Prometo contestarlas todas cumpliendo con el ritual de las auténticas cartas. Cartas que salgan de nuestras manos como las caricias y los abrazos, que viajen como nosotros en los mismos barcos, en los mismos trenes y aviones, y que como nosotros tarden, y cuando lleguen toquen de alguna manera en nuestras puertas. Cartas, en definitiva, con las que restablecer la magia allí donde nunca debió ser expulsada, del sentido de lo que se dice. Tenemos que volver a decirnos, aunque tarde, porque ya se sabe, más vale tarde que nunca.


martes, 31 de enero de 2012

"YO अतिजो"



El hallazgo del cuerpo sin vida del juez Dreyfus conmovió los cimientos sociopolíticos del país.
Hombre polémico y audaz, había sabido aprovechar las sinergias del poder para ir haciendo justicia a sus justas aspiraciones despachando con arrojo algún que otro asunto de vital importancia que el mero interés partidista, cuando no lo políticamente correcto, habían ido extraviando en el baúl de las indignidades democráticas.
Su acción judicial se había caracterizado en esta última etapa por fustigar al partido conservador, lo que le había valido un aluvión de airadas críticas y una severa campaña de desprestigio.
La evidencia de los golpes y las marcas que mostraba el cadáver denunciaban la violencia, las motivación era de todos conocida, de ahí que a nadie del sector progresista dudase que la muerte del magistrado se debía a los malos modos, peores manejos y demás violencias de los sectores más radicales de esa ideología.
De inmediato se reclamó la presencia de un nutrido grupo de forenses internacionales a fin de garantizar la legalidad de la autopsia.
Una vez practicada se pudo conocer que las marcas y fracturas que presentaba el cuerpo cubrían otras más antiguas pero no menos graves. Y que si las más recientes llevaban el sello conservador las otras lucían el progresista.
Sin embargo, se dictaminó como causa de la muerte suicidio por ahorcamiento.
La presión sin medida concluyeron unos, la medida ambición, los otros.

jueves, 26 de enero de 2012

LA IMPUNIDAD COMO NORMA



El actual ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, anunció el deseo del ejecutivo de legislar a fin de que se les puedan exigir responsabilidades penales a aquellos gestores que hagan un mal uso de los fondos públicos.
La propuesta, aún sin esbozar ni dar a conocer en profundidad, ha merecido un aluvión de duras críticas por parte de los partidos nacionalista y de izquierdas, a los que se les antoja excesiva y fuera de la realidad, es más, autoritaria e irrespetuosa con los nobles y sacrificados gobernantes.
No entiendo tal postura, de verdad que no, y menos viniendo de la mano de aquellos sectores progresistas y de izquierdas que no hace muchos meses apoyaban en la calle algunas de las justas reivindicaciones de los miembros del movimiento 15M. Entre ellas la de esa urgente y necesaria regulación a fin de terminar con esa sibilina cara de la corrupción, la del mal uso del dinero de todos, que no deja de ser sino la cara que oculta la otra, esa más ingenua en el descaro en la que el gobernante mete la mano directamente en la caja. Y es que no se me ocurre mejor modo para hacerlo sin culpa, a ellos tampoco, que hacerlo so pretexto de la ejecución de una obra faraónica o sin atenerse a otra necesidad que la que a ellos les apremia en aras de llevárselo sin mayor problema legal.
Entiendo que debieron salir, por tanto, no a negarla sino a exigir participar en su elaboración a fin de que no se convierta en una bufonada; tendentes a desactivar uno de los más justas reivindicaciones de los ciudadanos, como es la de terminar con la insana impunidad de que nuestros gestores. Esos qué nacidos sin culpa ni condena del vientre de la mentira electoral pasan a gobernarnos con similar indolencia en esa misma clave. No todos, lo sé, pero si los suficientes como para causar gravísimos perjuicios a la arcas públicas.
La argumentación de los opositores a esa medida se me antoja endeble, porque los abusos cometidos en la acción de gobierno en este país de gobiernos y gobernantes ha puesto al Estado al borde de la quiebra. Excesos que se hacen visibles sin necesidad de complicados análisis políticos o económicos y que como tal son conocidos por todo hijo de vecino. Por qué quién no vive en las inmediaciones de alguna edificación inútil o ilegal. Quién no conoce algún caso en el que el consejero o ministro ha ejecutado una obra contra el criterio del sentido común y del común criterio de sus vecinos. Obra que más tarde los tribunales han condenado al derribo por su manifiesta ilegalidad, en una sentencia de imposible ejecución debido al elevado coste que le supone a la administración, manteniéndose como un grito de horror para escándalo de todos y sin que el causante haya de responder lejos de esa alegre condena que los políticos llaman castigo electoral.
Por más que les guste a nuestra clase política sus abusos y corruptelas no pueden sustanciarse únicamente en las urnas, a no ser que entendamos que cuando votamos a un determinado partido no estamos eligiendo a aquellos que han de gestionar nuestros presupuestos con criterios de racionalidad, eficacia y dentro del más escrupuloso respeto del derecho, sino tejiendo la capucha del atraco, la excusa inexcusable que les faculta para hacer lo que les venga en gana.
A día de hoy la administración se ha convertido en el primero de los morosos, en el primero del los despilfarradores, en el primero de los transgresores de las normas que ellos mismos nos dan como forma de gobierno. Tal situación socava la credibilidad de cualquier régimen por más democrático que sea, porque nada tiene que ver actuar dentro de lo racional y con lealtad hacia el mandato recibido con recrearse en lo irracional y sin la menor muestra de respeto a lo que de ellos se espera.
Y si el exceso de legislación o su redacción imponen restricciones insoportables es obligación de ellos cambiarla a fin de hacerla compatible con las necesidades de los administrados. Nunca, desde luego, vulnerarla a su conveniencia, ni burlarla o defraudarla, porque ellos han de ser el ejemplo de los demás ciudadanos y en ese afán han de mostrarse ejemplares. Y qué ejemplo da esa autoridad que se pliega a la petición de un vecino aún sabiendo que es ilegal.
Sostienen muchos de los detractores de la futura norma que hay figuras suficientes en nuestro ordenamiento jurídico para enjuiciar tal hechos. Y quizá lo haya, pero leves frente a la gravedad de los delitos que cometen, y lo que es aún peor se hallan extraviados en la maraña que forma la mal interpretada fuerza que le otorga al político su condición de electo y su legítimo quehacer como gestor. Porque no se le inviste de autoridad para el abuso ni el delito, sino para el legal uso de su prerrogativa. Entiendo por eso, que para el correcto enjuiciamiento de estos delitos se han de agravar las penas en los ya legislados, crear figuras nuevas para la nuevas formas de delinquir y acabar con los trasnochados privilegios jurisdiccionales de los cargos públicos, de modo que tengan que responder ante órganos judiciales ordinarios y no sólo ante esos en los que ellos median en los nombramiento de sus miembros.
Se debe pues contar con una legislación clara a la hora de delimitar y distinguir el abuso del mero error, o la ilegalidad con la inconveniencia, porque no es lo mismo y porque advertirlo tampoco exige ser catedrático en derecho.
La impunidad acaba con la confianza entre ciudadanos e instituciones. Y, lo que no es menos grave, con el estado de derecho, porque nadie puede situarse al margen de la ley sin que recaiga sobre él el merecido castigo. Exigirla, por tanto, o no hacer nada por erradicarla implica a todos cuanto lo hacen en esos sucios manejos que no hace mucho meses echaron a miles de hombres y mujeres a la calle exigiendo transparencia y responsabilidad, en una palabra, acabar con ella en la clara conciencia de que de no hacerlo terminará por contaminar, si no lo ha hecho ya, el sistema democrático y consumir nuestros escasos recursos presupuestarios.

viernes, 20 de enero de 2012

“IL GATTOPARDO



El silente gato azul se encarama de un salto sobre los roídos restos del queso estatal. Extiende la mirada al frente y escruta con gesto grave a la muchedumbre de ratones que lo espía hambrienta. La avidez de sus ojos le irrita, el rictus de ira en sus bocas le sobrecoge. Buscando exorcizar el mal presagio, mira a derecha e izquierda y lo que ve le reconforta, a ambos lados se alinean las diecisiete legiones de gatos “taificos”, también los ceutís y melillenses, y un paso adelante los nobles “senator” junto a los del parlamento patrio y europeo, y cerrando formación la gatuna realeza. Qué temer, todos esos lustrosos gatos están allí para velar por el queso, para acrecentarlo en medida y en medida distribuirlo siguiendo criterios de equidad y eficacia.
El gato azul mirando a la multitud de ratones eleva la voz y sentencia: “La situación del queso es insostenible. El uso y abuso que de él habéis hecho lo ha mermado. Debemos efectuar dolorosos recortes y realizar cuantiosas aportaciones a fin de hacerlo sostenible.”
Los ratones se estremecen, qué aportar que no haya sido ya dado, dónde ser recortados. La desolación se hace infinita en su finita culpa.
De pronto, uno de ellos, sin ideología, ni afiliación, grita la evidencia: “Han sido los gatos, Mariano. Ellos lo han devorado, y así lo harán con todo aquel que en un futuro podamos cuajar.”
Nada nuevo le ha sido revelado, lo sabe, pero qué puede hacer, él también es un gato.

miércoles, 11 de enero de 2012

OUBIÑA Y SU CONDICIÓN



Se examinó Laureano Oubiña para la condicional y cateó en materia social, lógico, lo suyo es lo asocial. Nada, de todos modos, que no puedan corregir unas pasantías de la mano de desfavorecidos y drogodependientes.
En un principio entendí, sin comprender, que en el afán de probar la convalidación de la experiencia laboral habían elegido a un exnarco y exconvicto para orientar a personas en ese amargo trance, y como tal necesitadas de buenos cuidados, nobles consejos y excelsos ejemplos. Porque, en qué les puede instruir Laureano que no acabe siendo perjudicial para su ética y letal para sus penales.
Según el juez no va a enseñar sino a aprender: “A continuar el proceso de introspección personal y la asunción del daño que causa el narcotráfico”. Y hacerle ver:” El valor del respeto a los derechos humanos”. A tomar, en suma, conciencia del daño ocasionado.
Añadiendo: “Que en estos delitos más allá del cumplimento de la pena la responsabilidad del reo se diluye al no existir víctimas concretas.”
Está además lo de la oferta laboral contrastada, y él, con sus 65 años tiene toda una vida profesional por delante.
Se ve que todo invita a la gracia.
Pero: si desconocía el daño que ocasionaba, si no tenía conciencia de obrar mal, si no indagaba en el yo, si desconocía el valor de los derechos humanos y en sus delitos no hubo víctimas concretas. Cabe, entiéndase la ironía, preguntarse: ¿no habremos juzgado y condenado a un incapaz?