La imputación de la infanta es de inicio un elemental acto de higiene
democrática, el que nos exige iguales ante la ley. Y de remate, la legítima y
necesaria reivindicación de su persona,
porque no es propio de esta especie que compartiendo con Iñaki: techo, empresas
y responsabilidades, no se hubiese percatado del latrocinio. Tal afirmación
resulta por sí misma humillante. Cuestión distinta es que a través de su
comparecencia se pueda demostrar que efectivamente fue así.
Recuerdo que su matrimonio con el jugador nos pareció la mar de bien. Próximo,
por plebeyo, y moderno, por joven y guapo. Todos podíamos ser él, pensamos, cuando
menos en sus pocas luces y su mucha ambición. Sin embargo, a día de hoy, se nos
antoja que debió desposar un “mataperdices” de esos que crían, a tal fin, las
familias bien. Alguien educado para no hacer nada y como tal inocuo.
Pero se caso con Iñaki, hombre emprendedor, que la emprendió con los
negocios y fue en ese afán emprendido. Lo imagino entrando en la escuela de
bisnes, tan estirado y aseado. Como también a D. Torres (a) “Hotmail”, su socio,
mirándolo y diciéndose para sí, “menudo continente para mi negocio sin
contenido”. Y dicho y hecho, en ese tú a tú acabaron en “Nóos”, pasando por la
casilla juez Castro.
Le recordaría que una condena se cumple e extingue, pero una sentencia
popular de idiocia es para toda la vida.
Cabe que me respondan “Qatarí que te vi”: razón no les falta.







