miércoles, 25 de febrero de 2009

EL VALOR DE EMILIO


Debió ser El Estado de Derecho la herramienta que defendiera a Emilio de esa maldición autoritaria que gobierna a los vascos sin otro mandato que aquel que le otorga la violencia.

Su imagen, electrizada de ira y maza en mano nos retrotrae a tiempos remotos, tiempos en los que los hombres forjaban la civilidad a fuerza de martillo y yunque.

Hoy, civilizados hasta la náusea hemos perdido referencia de la más elemental dignidad, la de rebelarnos, la de mostrarnos terribles con aquellos que lo son, con aquellos que nos roban el espacio y alienan nuestras voluntades. En el vértigo de esa confusión buscamos interpretar los actos de un hombre que no ha hecho sino retomarse en el origen, para mostrarnos que aún cabe la esperanza de ser dignos lejos de la pura palabrería, en los actos. En esos actos que definen de verdad no identidad sino esencia, no raza sino razón, porque, no nos engañemos, no es irracional la valentía del singular Emilio, sino la cobardía colectiva de los que desde la más cruel de las hipocresías lo juzgamos y equiparamos con los terroristas y sus acólitos.

Emilio defiende su derecho a existir en libertad y lo hace con la maza porque la voz y el espacio se la robaron, impunemente, hace mucho tiempo.

Emilio no es un héroe, es sólo un hombre libre, en la medida en que él sí ha sabido defenderla allí donde ésta se forja: en la dignidad.

El derecho a ser libre, no se hereda, ni se compra, ni se negocia, se gana. Sea pues, ese, su infinito valor y su prístino ejemplo.


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