Ha muerto un niño que escribía largos poemas de ingenuidad social. Un niño que soñaba con un mundo mejor y no dudaba en dibujártelo palabra a palabra en los trazos sencillos de su voz, en la decidida esperanza de que lo vieses igual que lo veía él. Parecía decirte, si quieres que alguien forme cabal idea de un molino, no dibujes un molino, dibuja algo que parezca un molino.
Hoy, con su muerte quedan huérfanos de madre y hermana, de padre y hermano, de hijo y abuelo, de abuelo y nieto, de amigo y camarada, los personajes de barro y paja, esos que viven bajo la sombra de su suerte y a expensas de su sudor, esos que no han heredado otro dominio que el de su aliento, ni otro afán que el de vivir.
Hoy, todos somos huérfanos de José Saramago: niño irredento, hombre con feroz apetito de niñez. De su maternidad, de su paternidad, son honestos testigos esas sus niñas obras que ya no podrá escribir; esas, digo, que hemos de soñar, para cumplir así su primera y última voluntad, la de invitarnos a imaginar, en la siempre legítima esperanza de que volvamos a ser los niños que nunca debimos dejar de ser.
Herederos de sus palabras soplémoslas libres sobre faz de la tierra para que sea en ellas la luz de ese tiempo que es siempre hoy, y también mañana, y también siempre, sin dejar por ello de ser también ayer.
Mi memoria, mi llanto y mi alegría están hoy de luto, porque ha muerto un niño escritor a la temprana edad de la lucidez, y eso encarna siempre una irreparable pérdida.
Reciban quienes lo han perdido en sus casas y en sus corazones mi más sentido pésame.
Y para ti, José, un hasta siempre en el islario amigo de tu humilde y honesta obra.
Un fraternal abrazo