
Afirma el poeta John Donne“…La muerte de cualquier hombre me disminuye…”. Sabía reflexión, pues, es cierto, la muerte de un hombre supone siempre una derrota para la raza humana tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo, no en vano nos merma física y psicológicamente.
No obstante, entiendo que la máxima rige sólo para aquellas personas que se baten en los ámbitos de la singularidad y como tal no derrotan a nadie que no sean ellos mismos. Hablo de esos millones de hombres y mujeres que enfrentan la vida a expensas de sus propias fuerzas y capacidades, sin renunciar por ello a relacionarse y promocionarse tanto social como laboralmente.
Pero qué pensar cuando el fallecido en un ser que ha disminuido a millones de hombres hasta el extremo de hacerlos danzar al ritmo de su voluntad. ¿Está en este caso justificado llorar su pérdida?, ¿o deberíamos por el contrario alegrarnos y afirmar que con su muerte ganamos todos? En la nada descabellada idea de que su ausencia posibilita que esos seres sometidos a su autoritaria voluntad puedan crecer y evolucionar para pasar de no contar en el desdén de sus días a ser esenciales en su indiscutible singularidad e irrepetibles en su libertad, y como tal merecedores de ser tenidos en cuenta a la hora de esa terrible merma que hace gemir a la humanidad.
El presidente norcoreano Kim Jong-Il se ha caracterizado por imponer a sus conciudadanos, a través del mutismo a que conduce la militarización, el peor de los silencios, ese que ordena almacenando sin miramiento, ese que encadena sin respeto, ese que anula conciencias como si fuesen meras apetencias. Consiguiendo que éstos evolucionen en su expresión humana como un todo sin márgenes definidos en ninguno de los ámbitos en que se debiera resolver su existencia, como si de un banco de peces se tratase, o acaso sólo aterrorizadas manadas ñus o cebras huyendo del depredador.
A esta aberrante e injustificable situación sólo se puede llegar mediante un proceso masivo de alienación, tendente a idiotizar a todo un pueblo hasta el punto de que se crea que has podido leer y escribir 18.000 libros, que son los que dicho dictador se atribuye. A este respecto deberíamos atenernos a aquella ingeniosa afirmación de Émile Faguet, biógrafo de G.Flaubert, en la crítica de su obra “Bouvard y Pecuchet”, y que dice así: “Si uno se obstina en leer desde el punto de vista de un hombre que lee sin entender, en muy poco tiempo se logra no entender absolutamente nada y ser obtuso por cuenta propia.” Qué duda cabe que el tirano lo ha conseguido con creces, lástima que no haya sido por cuenta propia sino de su pueblo. Pero no nos engañemos, él no es ni el crítico Faguet, ni tampoco ninguno de esos dos entrañables personajes en que apoya Flaubert su obra sobre la simpleza del hombre, y de los que en un momento se apiada escribiendo: “Entonces se desarrolló en su espíritu una facultad molesta, como era la de reconocer la estupidez y no poder ya soportarla”. Frase que les redime de toda culpa y los catapulta a un grado de conciencia lógico y consustancial con su esencia. Sin embargo, Kim Jong-Il no ha hecho otra cosa que agrandar la infecunda sombra de la estupidez, es más, ha sabido hacer de ella el motor de su existencia y la de su pueblo.
Pero no sólo fue inmoderado en el área de las letras, sino que como todo dictador de este corte, es decir, uno más entre esos que habiendo atisbado en un golpe de lucidez la apremiante necesidad de terminar con dios, caen fatuos en la tentación de suplantarlo, mostrándose providenciales y proveedores en todos los órdenes de la vida de sus pueblos. De ahí la tentación de controlar a su antojo el clima, la de multiplicar los panes y los peces, la de convertir el agua en vino y la de rediseñar especies como la vaca enana o el conejo gigante, en un desmedido afán por proveer a su pueblo en aras de una más sistemática y malvada desprovisión.
De todos modos no buscan ser dioses por el vicio de serlo sino por el afán de usurparlo allí donde aflora la idolatría y el sibaritismo de que hace gala cualquiera de ellos, sea por su imperativo o por la libre interpretación que de él hacen las empresas, léase iglesias, encargadas de gestionarlos. De ahí que este dios menor, fuese aficionado a la langosta, al caviar y al coñac de 650 dólares la botella. Y cómo no, a rodearse de una vasta iconografía con la que emborronar: hogares, plazas, calles y despachos.
Lejos de la ironía habita la cruel realidad de una sociedad encarcelada tras el rostro barrote de este ser sin escrúpulos que no ha sabido gobernar a su país sino esclavizarlo. La esclavitud ni podría ni debería ser considerada jamás como una forma de gobierno, sino como lo que es, una forma de tiranía que no merece perdón. Sin embargo, la diplomacia ordena honrarlo como a un presidente de gobierno para vergüenza de ella y de la humanidad.
Mientras haya países granja, donde el ser humano carezca de valor, qué valor le cabe a la humanidad en su conjunto. Sólo cuando la valía en el derecho y la libertad de todos y cada uno de los hombres de la tierra sea la referencia de la pérdida y no la de su muerte, habremos podido dotar de sentido la frase de J. Donne. Porque la muerte no nos extravía sino que nos retoma, sin embargo la privación del elemental derecho a existir conforme a nuestras convicciones y creencias sí que nos pierde en nosotros y en eso que de nosotros hay en los demás.
No alcanzo a comprender, me digo, como un hombre puede llegar a ser tan estúpido como para creerse dios, o sencillamente dejarse tratar como a un dios. Lo digo sabiendo que me estoy mintiendo, porque sé que es su maldad y la de todos aquellos que lo rodean y se aprovechan de él y su régimen de terror quien lo hace. Pero aún así me niego a creerlo, porque me es más fácil pensar que hay alguien tan simple como para creerse poseedor de virtudes que le hace merecedor de esa perversa suerte.
Cabe pues preguntarse y me pregunto, ¿por quién doblan en este caso las campanas?, porque no lo hacen por mí, ni, a mi juicio, por nadie que merezca el dolor de ese esencial tañer. Cesen, por tanto, de doblar, pues no celebramos la certeza de una muerte sino la posibilidad de una resurrección.