En la marea de vivos colores con que nos inunda la primavera, florece gris como el aliento la mansa flor de la pereza, para el catártico fin que demanda la inconsciencia.
Curiosamente, cuando la tierra se conjura en tan sublime esfuerzo, se abisma el ser humano en las nebulosas regiones del ensueño, y allí donde va, escoltado por el multicolor paisaje, se le percibe gris y ahuecado como si en vez de carne y hueso fuese de algodón. Es más, como si no fuese de este mundo, o en verdad estuviese de más sobre la faz de la tierra y tan ofensiva orfandad no le inquietase.
La pereza es voluntad inexplorada ante la que me declaro agnóstico, no en vano trasciende la mera experiencia. Porque todos sabemos pronunciarla, es cierto, pero conocemos de verdad su esencia. Entiendo que no, porque una cosa es la desgana, la tardanza, la flojera, la indolencia y hasta la indiferencia, y otra muy distinta es esa fuerza que sublima los espíritus. Esa “pasión de las pasiones” a decir de S.Beckett.
Yo os convoco a la fiesta de los sentidos a que nos invita. Dejémonos caer, en feliz celebración, sobre las verdes y floridas praderas, que orlen nuestras cabezas nutridos corros de margaritas, y vuelen libres los pinceles de nuestra imaginación sobre los blancos lienzos de las panzudas nubes que presiden el manso cielo que nos alumbra.
No debemos olvidar que la pereza no es, como sostiene la iglesia, un pecado capital sino capital como el pecado.