Los griegos quemaron sus mejores naves bajo el designio de un infausto rebaño de dioses, arquetipos mezquinos y rencorosos sumidos en constantes disputas e intrigas cortesanas que, no dudaban en hacer extensivas a la vida y la hacienda de los hombres. El divino paisaje se revelaba desolador para su futuro, sin embargo, cuando todo parecía perdido brotó de la mano de un grupo de hombres sabios una luz a la esperanza, la de la razón, el logos, el conocimiento, acabando con el mito que encarnaban los dioses y su carnada, los héroes, un maldición que les tenía atados a las entrañas de un mundo que se regía por la sinrazón de la idolatría.
La razón nos permitió narrar un mundo ajeno a aquel que describiera Homero, y sin embargo, a día de hoy hemos vuelto a decaer en la flaqueza de deificar y el vicio de lo heroico a la hora de valorar a ese conjunto de ciudadanos que nos gobiernan desde el Olimpo de la democracia. A su servicio y socorro acuden, sin atender a razones, los Homeros de los poderosos mass media que han apostado por ellos. De su mano se ensalza y ofende a unos y otros poniendo igual saña en la alabanza que en el insulto, de modo que en ambos casos los agrandan frente a los demás hombres. En esa vieja disyuntiva nos debatimos a la espera de que, de nuevo emerjan del silencio de la sabiduría, la ética y la independencia, un grupo de hombres capaces de alumbrar sino la razón, sí al menos el elemental sentido común.