La crisis mundial en que vivimos tiene nombre propio en cada país, aquí debería llamarse crisálida, por el estado de quiescencia a que nos aboca el largo proceso metamórfico en que nos hallamos inmersos en el esfuerzo de constituirnos, o, cuando menos, definirnos de una vez como País.
La bronca dentro del capullo es ensordecedora. Y es que todas las comunidades en que está dividida España se postulan para ser la mariposa de sus sueños o el sueño de sus mariposas. El esfuerzo nos extravía y arruina como ciudadanos y como pueblo, impidiéndonos constituirnos en una sociedad moderna y capaz de afrontar los retos que el futuro nos plantea.
Podemos, por tanto, efectuar drásticos recortes presupuestarios a fin de remediar la deuda y sanear las cuentas, pero con ello no vamos a dar una solución definitiva al problema del que de verdad depende nuestro acceso y permanencia entre los estado soberanos, con peso específico y merecedores de respeto.
Urge pues que abandonemos el estado crisálida en que nos hallamos atascados para alcanzar el estado adulto en el que la historia nos reclama. En una palabra, es vital dejar cuanto antes atrás ese mariposear oculto del ego patrio al egoísmo patriótico para el sano esfuerzo de emerger sin complejos a la realidad que sin duda nos exige unidos para un esfuerzo que transcienda lo meramente ancestral, que encarna siempre la posibilidad, para situarnos por fin en la exacta medida de lo posible.