lunes, 26 de agosto de 2013

TRAMA Y TRAMOYA



     Yo que no me he carteado con Bárcenas. Que no he participado en la tómbola trucada del sobresueldo. Que no me he comido cuarto y mitad de autovía en salsa de donación. Que voto en medida y en medida me reboto sin atender al color. Que no tengo nada que ocultar del tamaño del peñón, digo que lo de Gibraltar no es tolerable. Y no por ser merma territorial, o afrenta a la soberanía nacional, sino porque me alarman y disgustan esos estados supermercado o casino que nacen y viven al calor de banderas y fronteras. Puntos negros de insolidaridad y corrupción. Espacios de impunidad donde habitan y medran delincuentes en gama multicolor.
   Defendiendo Gibraltar no se defienden derechos de hombres y pueblos sino los oscuros intereses de los que los vulneran. Por ello afirmo que la sucia cretona, el rancio terciopelo o la basta arpillera de ideologías y partidos que lo toman sin asco como telón tras el que esconder sus deslealtades,  no son más perversos que el delicado tul con el que las almas delicadas buscan ignorarlo. Porque al margen de tan bastardos intereses, se hace visible la terrible evidencia del paraíso fiscal, cloaca donde va a parar el dinero de los contables y condestables, rancios todos en el viejo oficio de corromper. El establo, en fin, donde engorda el dinero de la mordida y la comisión.
    Gibraltar puede ser hoy una disculpa, pero eso no le resta ni un ápice de culpa. En una palabra, no cambia su perversa condición.

1 comentario:

  1. Son los paraísos fiscales la prueba nítida de que la justicia no es igual para todos. Unos pagan el paraíso y otros tienen que ganárselo con ayuno y abstinencia. Y son también la prueba palmaria de que quien manda y ordena no son las leyes sino quienes tienen la fuerza para insinuarlas, dirigirlas y/ o vetarlas. Los paraísos fiscales, Gibraltar delante de todos, son una mancha "noxenta" en la pretendida igualdad de los ciudadanos y una afrenta a la redistribución de la riqueza, a la par que un canto al desencanto y la quimera del cacareado patriotismo.

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